Durante mucho tiempo pensamos que solo era una mala racha, un tropiezo más, una temporada gris de esas que se olvidan cuando llega el verano. Nos repetíamos que el siguiente mercado lo arreglaría todo, que el próximo entrenador daría con la tecla, que bastaba una pequeña reacción para enderezar el rumbo, pero mientras nos hacían creer que lo mejor estaba por llegar, algo crecía en silencio, un oscuro monstruo.
Los monstruos no nacen de golpe, no aparecen de la nada, se alimentan, y al nuestro lo hemos estado alimentando durante años, principalmente desde los despachos, con Direcciones Deportivas que encadenaban fracaso tras fracaso y, aun así, recibían nuevas oportunidades como si nada hubiera pasado, proyectos que no dejaban legado, planes que se derrumbaban al primer contratiempo, decisiones que parecían tomadas a ciegas y, especialmente, con la falta de reacción ante los problemas.
También se le alimentó con inversiones mal planificadas y fichajes sin alma, jugadores que llegaban más por descarte que por convicción, futbolistas que otros equipos habían dejado atrás y que aquí pretendíamos convertir en salvadores. Nunca hubo un bloque sólido, ni una identidad reconocible, solo parches.
Mientras tanto, en el banquillo, la inestabilidad se convirtió en norma. Entrenadores sin recorrido, sin experiencia, sin el peso necesario para sostener un escudo histórico. Cambios constantes de sistema, de discurso, de idea. El equipo nunca supo a qué jugaba porque nadie supo qué quería ser.
Así, casi sin darnos cuenta, el monstruo despertó.
Hoy el Real Zaragoza camina por la cuerda floja, asomado al abismo de la tercera categoría nacional, mirando al descenso no como una amenaza lejana, sino como una posibilidad real y aterradora. Y lo peor no es la caída en sí, es la sensación de que esto no es un accidente, es la consecuencia.

La dirección del club, ausente, distante, como si lo que ocurriera sobre el césped no fuera con ellos. Una sensación permanente de desconexión con el zaragocismo, con la grada, con la realidad. Como si el incendio se intentara apagar cuando ya solo quedan cenizas.
Y así, jornada tras jornada, derrota tras derrota, el monstruo creció.
Este no es un relato de infortunio pasajero ni de mala suerte inesperada, es la consecuencia acumulada de decisiones erradas que se fueron sumando hasta crear una bestia imparable: un proyecto sin coherencia, sin rumbo y sin respuestas claras cuando más se necesitaban.
El monstruo, el descenso a la Primera Federación, ya no es solo una metáfora, está a las puertas, respirando, esperando su oportunidad. Duele pensar que un club con tanta historia, con tantas tardes gloriosas, con tanta afición detrás, pueda deshacerse por la suma de decisiones mediocres, no por falta de grandeza, sino por falta de gestión, no por mala suerte, sino por malos pasos repetidos.
La pregunta ya no es cómo nació, sino si todavía estamos a tiempo de eliminarlo o si, cuando queramos reaccionar, será él quien termine devorando al club que tanto queremos, porque este monstruo se alimenta de errores y el tiempo para corregirlos se está acabando.
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